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GALICIA

26/12/2009 | María Pampín | SANTIAGO


Los testigos del cambio


Pescadores, agricultores y biólogos relatan cómo se ha transformado la naturaleza en Galicia a lo largo de las últimas décadas por culpa de la contaminación

Desde mucho antes de que comenzara a sonar el término de cambio climático, quienes trabajan en contacto con la naturaleza han visto cómo el paisaje y la fauna han ido mudando. Las mariscadoras ven disminuir la diversidad y cantidad de especies, los pescadores de río se conforman con mucho menos en sus cestas y los meteorólogos notan que las estaciones se han vuelto locas. El aumento de temperatura o la subida de nivel del mar ya han saltado de la teoría a la práctica, aunque la transformación de Galicia en los últimos años no se puede separar del abandono progresivo del campo, el consiguiente cambio en los usos del suelo, la introducción de maquinaria para labores antes manuales, la industria, la construcción en la costa o el uso de productos químicos para abonar la ya de por si productiva tierra gallega.

Afrontar los efectos del cambio climático es un reto para el que aún no se ha elaborado un plan con medidas concretas, aunque ya preocupó al último Gobierno de Manuel Fraga. Galicia se debe adaptar a los límites de emisiones fijados hace ya 12 años en el Protocolo de Kyoto que le corresponden a España, pero, aún así, quedan fuera los gases de efecto invernadero difusos, los que producen los gallegos en la vida diaria con la calefacción o los coches.

La actual Consellería de Medio Ambiente, Territorio e Infraestruturas está revisando el plan que no llegó a aprobar el bipartito y ha anunciado un nuevo documento para finales de 2010. El principal cambio, avanzan, será potenciar los bosques gallegos como sumideros de CO2 a través de la explotación forestal ordenada, el uso energético de la biomasa, las talas programadas y el uso del material procedente de la madera en la construcción. "El bosque gallego es la principal herramienta y en esa línea va a avanzar el Gobierno gallego", explicó hace unos días el conselleiro de Medio Ambiente en el Parlamento. En Galicia hay 1,4 millones de hectáreas arboladas que almacenan 14 millones de toneladas de CO2 al año, el 50% de las emisiones de la comunidad, justifica la Administración.

Para el nuevo plan aún no se han fijado objetivos concretos de reducción de gases. El anterior ambicionaba emitir 12,25 millones de toneladas menos en sus cinco años de vigencia, la parte que le corresponde a Galicia para cumplir con Kyoto. Aunque el nuevo documento de la Xunta se extenderá hasta 2020 no se sabe qué objetivos busca el Gobierno gallego ya que los vinculaba a un acuerdo en el seno de la ONU en la cumbre de Copenhague que nunca llegó.

Mientras, sólo tres empresas de las situadas en Galicia provocan la mitad de los gases de efecto invernadero que Galicia emite a la atmósfera y las investigaciones de más de 100 científicos ponen de relevancia que las cosechas de vino se adelantan o que la cada vez más lenta renovación del agua en las rías afectará a la producción del marisco. "¡Esto era un maná del cielo!", recuerda una mariscadora de la playa pontevedresa de Praceres. Como otros sectores, el suyo se resiente. Pero también el pasatiempo de Luis, un jubilado que se entretiene pescando, aunque ya no como antes, porque "no hay ni invierno ni verano".



"Aquí las almejas eran grandes como una cartera. ¡Era un maná del cielo!"

Lola Rosales tiene 76 años y empezó con sólo 15 a mariscar en la Ría de Pontevedra. Sus ojos y sus manos han sido testigos de los estragos que la contaminación ha hecho en el mar de Galicia. "Las almejas eran grandísimas, como esta cartera", recuerda, y las chalanas llegaban desbordadas de berberechos. "¡Esto era un maná del cielo!". Décadas después, a las lonjas no llega ni la mitad de capturas. Lola -en la foto- es uno de los muchos testimonios que certifican los cambios que ha sufrido la naturaleza en Galicia por la contaminación, y que afectan a los ríos, a los cultivos, a las migraciones de aves e incluso a las estaciones.



"¡Esto era un maná del cielo!

Vino al mundo un 23 de enero de 1934 junto a la lonja de Marín y, desde entonces, Dolores Rosales Pazos, Lola, ha consagrado su vida a la Ría de Pontevedra. Empezó a mariscar con 15 años, cuando una lengua de arena blanca y fina se extendía por Lourizán hasta Pontevedra y el marisco se cogía "a puñados". Entonces, la playa de Praceres (sobre la que hoy se levanta Ence) era "la que más desovaba de Galicia". "Navaja, ostra, almeja fina y babosa, reló, berberecho... ¡esto era un maná del cielo!", clama. "¿Sabe la gente que venía de Bueu, de Cotobade? Los labradores, que querían comer berberechos en empanada. Ya le digo a mi hija: 'A esto deberías botarlle luto".

"Llegaban de Arcade y de Carril, de noche, a cogernos babosa", relata. Almejas "grandísimas, como esta cartera", señala. "Llegamos a ganar en el día 6 o 7.000 pesetas, en una hora". Corrían los 70, no había topes y se trabajaban las dos mareas del día. "Esto fue un quitafames, en el 41 había mucha pobreza, todo Lourizán se levantó con el trabajo de la ribera". Lo que hoy llega a la lonja no es "ni la mitad" de entonces, cuando el invierno no terminaba hasta que el monte Castrove se cubría tres veces de nieve. Las chalanas, con capacidad para una tonelada, llegaban desbordadas de berberecho. Más de uno, cuenta Lola, se fue al fondo por pasarse.

También la diversidad de especies se ha visto mermada. "Cogían calderos de voladores", parecido al bocarte, y "había fanecas, burases, sollas..." Los hombres paseaban por la orilla y "donde veían una manada de peces la rodeaban con una red". "Le llamaban mújel pero era malboro, porque traía una marca amarilla en la cabeza", explica. "Se tiene cogido pescado a barrer". "Aquí, en el Mar Chiquito, todo eran ostras", recuerda señalando hacia Marín. "Daba para comer y para vender". Una playa que nunca se cultivó porque "perdonando, íbamos andando y daba grima, parecían mocos pero era el desove. El mar "era durísimo", más frío. "Si antes te daba por las canillas, ahora llega al pecho". Ya no se cruza la ría a pie, como hacían las mujeres de Campelo antaño. Con el tiempo, dice, "Combarro se va a venir abajo". Con 75 años continúa al pie de su playa: "Defended esto, que es un Bankinter".



"Hoy en día un agricultor medio produce diez veces más patata"

Cuando María Castro comenzó a cultivar patata en A Limia, hace más de 20 años, era rentable. Un agricultor medio producía 50 toneladas que conseguía colocar fácilmente en el mercado. Dos décadas después, la producción media se multiplicó por diez, se cambiaron las semillas autóctonas por otras de importación (de Holanda, Alemania y Francia) más resistentes y bajaron los precios. "Ahora un agricultor medio produce entre 500 y 600 toneladas".

Hacía más frío cuando María llevaba el negocio familiar, pero atribuye el cambio a los avances tecnológicos que "facilitan muchísimo la producción", hasta el punto de que "todo el mundo se dedica ahora a esto en A Limia". María ya se ha jubilado pero su hijo, Camilo Jogue, continúa. "El cambio climático afecta sólo, tanto a la patata como a los cereales, en casos puntuales de inundaciones o heladas fuera de tiempo", explica. Aunque reconoce que si antes se sembraba en marzo y se recogía en septiembre, ahora se ha alargado en un mes más el ciclo productivo.

En opinión de Jogue, las condiciones climáticas apenas tienen incidencia en comparación con el uso masivo de nueva maquinaria, instalaciones y productos que "han disparado las cosechas". "En esta comarca no hay familia que no coseche patata", sostiene el productor, que lamenta la "escasa rentabilidad", que atribuye a la brusca "caída de los precios". "El exceso de toneladas, unido a la bajada del consumo" afecta "mucho más" que el cambio climático.



"Ya no hay ni invierno ni verano y la pesca se resiente"

Las riberas del río Miño son casi el hábitat natural de Luis Teijeiro, Canedo, un jubilado que desde los 12 años hasta los 78 que tiene ahora, no ha parado de sacarle truchas a las aguas de este y otros ríos gallegos. Él es uno de los 90.000 gallegos que tienen licencia de pesca fluvial, pero cuando le preguntan si obtiene las mismas capturas que hace años, su respuesta es tan lacónica como elocuente: "¡Qué va!".

Canedo tiene clara la causa de esta merma: "La contaminación", especialmente el purín, y la ausencia de regularidad en las lluvias. "Esto está muy cambiado; ahora no hay invierno ni hay verano y la pesca se resiente".

Desconoce si los motivos pueden estar en el cambio climático, pero sí se apunta a la teoría de que "algo pasa". "En enero tuvimos temperaturas de más de 20 grados y luego, en julio, hacía un tiempo casi de invierno y la trucha quiere agua cuando tiene que llover y sol y cuando es verano, porque necesita moverse en aguas cristalinas y limpias".

Muy lejos quedan los tiempos en los que se utilizaban artes que ahora conllevarían penas de cárcel y con los que llenaban "cestos" de truchas. Ahora, con límites de capturas y más medidas disuasorias, la pesca fluvial es una modalidad solo al alcance de quien conoce todos los secretos del río. Canedo es uno de ellos y sabe que en marzo, cuando se abra la veda, él será de los pocos que llevará alguna trucha para casa, porque, "el que sabe siempre coge".



"Cogía cientos de panchitos con una simple caña; ahora no hay"

"Sean marítimos o terrestres, todos dependemos de los recursos y todos lo pagaremos si no los cuidamos". Felipe Canosa, percebeiro y patrón de un barco de bajura en la ría coruñesa, ya hay evidencias claras en el mar de un cambio climático. Por mucho que aún no se pongan de acuerdo los científicos, dice. Para este marinero de 50 años, a lo largo de la última década son varias las pesquerías que "han cambiado su forma de comportarse". Especies que vivían a poca profundidad o cerca de la costa se han mudado mar adentro o a más fondo.

El calamar se hace cada vez más esquivo. Los panchitos (cría de besugo) "se pescaban por centenares con una simple caña" en el litoral de A Coruña, a apenas ocho o diez metros de fondo en la propia ensenada del Orzán o al pie de la Torre de Hércules. "Ahora no hay ni un solo ejemplar a lo largo de todo el año", destaca Canosa, "y eso no es por una sobreexplotación pesquera, sino por la contaminación y el cambio climático".

"Se nota mucho también con el pulpo", comenta al citar una de las especies que más sufre por los vertidos que destrozan los mares y océanos. Y el percebe es víctima de otra forma de deterioro "salvaje" que, si no se le pone coto, acabará con la especie: el furtivismo. "Los clandestinos no respetan nada, ni tallas, ni cupos, y eso también daña" el medio natural. Furtivismo, contaminación, cambio climático, "todo guarda una relación muy grande", concluye.



"Se ha diluido la frontera entre las estaciones"

Estamos inmersos en el cambio climático pero Galicia sigue siendo verde como lo era hace 20 años. El director del Centro Meteorológico Territorial de A Coruña, Francisco Infante, ve la mano del hombre detrás de los grandes cambios del paisaje de Galicia, esos que transformaron la "delicia" que era la Mariña lucense por el desmesurado crecimiento de la construcción.

Pero los datos cantan: la temperatura se ha elevado en Galicia 0,8 grados en el siglo pasado, ha aumentado el número de días y noches cálidas, hay menos heladas y nieve, el nivel del mar ha subido 16 centímetros en 20 años y los índices de peligros de incendios empeoran, por lo que el periodo de fuegos se extienden a primavera y otoño. Tras la ola de incendios de 2006 "daba miedo" ir por las zonas quemadas pero "la vegetación se ha recuperado rápidamente y no hay ningún signo a simple vista", ejemplifica Infante. "Las precipitaciones son suficientes para mantener una Galicia verde", asegura. Los otros factores tendrán repercusión "más a larga".

Como todos, dice, nota que se "ha diluido la frontera entre las estaciones" y que hace "menos frío y nieva menos". No tanto, cree, como cuando de niño disfrutaba de días blancos en su León natal. Pero la memoria, para cuestiones del tiempo, "es frágil": siempre se recuerdan mejor los días de nieve cuando eres pequeño y tienes tiempo para disfrutarlos, dice.



"Especies típicas desaparecen debido a los usos del suelo"

"Hay especies muy típicas de Galicia que desaparecen, como el mochuelo (moucho), los cernícalos (lagarteiro) o las tórtolas (rula)". Felipe Bárcena lleva observando aves desde hace más de 40 años y no achaca la escasez de algunas especies tanto al cambio climático como a la reforestación que en los años 50 transformó campos de cereales en cultivos de eucaliptos y pinos y dejó a muchas aves sin alimento ni espacio. "La tórtola, el mochuelo, el cernícalo que eran omnipresentes están desapareciendo por los usos del suelo", repite. Entre las afectadas están también las aves acuáticas, "antes abundantísimas en Galicia", debido a una falta de "organización, previsión y planteamiento" en el uso de los embalses. En Castrelo de Miño, hace 10 o 15 años, había "miles de patos buceadores" que se vieron mermados por "la utilización de embarcaciones deportivas", recuerda.Las poblaciones de aves disminuyen y ya sólo se ven en zonas concretas la abundancia de pájaros como las golondrinas que, en su infancia, llenaban con sus nidos las partes bajas de los balcones de Noia y que ahora ya no tienen insectos para comer.

"El campo es completamente distinto de hace 50 años", razona Bárcena. Las vacas estabuladas que ya no pacen en el campo, el uso de pesticidas, los bosques de pinos y eucaliptos y las medidas fitosanitarias que los mantienen sanos, la reducción del cultivo de cereales merman el hábitat de las aves y también de conejos y perdices, afirma.




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